miércoles, 18 de febrero de 2015

María y un “pequeño don de lenguas”

   Aun tengo vivo en mi corazón el recuerdo de aquella Misa de Pentecostés, en la que se predicó sobre los dones del  Espíritu Santo, entre ellos, el don de lenguas…
   Recuerdo que me acerqué a tu Corazón, durante la homilía, para preguntarte acerca de este don, el cual consideraba tan lejano a mi corazón….
   - Madre, no entiendo bien esto del don de lenguas… Para mí es muy lejano, no creo que tenga algo que ver conmigo… ¿Quienes son ahora, en mi vida, los partos, medos, egipcios, etc.?  Me asombra, si, pero no veo lugar para mí en esa escena…
   Y aún resuenan en mi alma tus palabras… alentadoras, luminosas… que me llenaron de sorpresa, al tiempo que de calma y alegría…
   - Hija querida, para ti, el don de lenguas puede ser hablarle a cada uno según pueda entender…
   - ¿Y cómo es eso, Madre?
   - Cada persona, cada alma, es especial y única… Los dones y las capacidades son diferentes y están distribuidos en cada uno según el designio de Dios, por tanto, al acercarte a tu hermano, si bien el amor ha de ser el mismo para todos, no han de serlo tus palabras y gestos. Es distinta la necesidad del niño, del joven o del adulto. Del sano que del enfermo, del que camina por un trayecto  de soledad en su vida, del que camina tramos de gozo.
      Y guardo silencio. Me quedo cerca de tu Corazón meditando tus palabras, así, como tú me enseñaste a hacerlo, cuando el  Evangelio me dice: “María meditaba todas estas cosas y las guardaba en su corazón”
   Madre, quiero guardar en mi corazón tus palabras, tus consejos, porque todos me remiten a la Voluntad de Dios para conmigo… ¿Qué mejor tesoro puede anhelar mi alma?... Al resplandor de este tesoro, los demás, mis afectos queridos, se purifican y fortalecen…
   - Hablar a cada uno según pueda entender ¿Cómo se hace eso, Madre? – y vienen a mi corazón las palabras de la lectura de la Misa donde el Apóstol Pablo dice que “llora con los que lloran y ríe con los que ríen y es uno con todos”
  Según me puedan entender….
   - “Entender” hija, no significa solo interpretar el mensaje con su inteligencia. Este “Entender” del que te hablo es la posibilidad de llegar al corazón de tu hermano con compañía, si se siente solo, con la alegría de Cristo resucitado, si se siente triste. También recordándole la profunda felicidad de dar, cuando tu hermano tenga abundancia….  Recuerda aquí que no sólo es la abundancia material, sino la del corazón… Hay corazones que son abundantes en dones y virtudes que, a fuerza de no usarlas se van como secando, casi como marchitando en el alma…. El don de lenguas, tal como se explica en la Escritura, lo da Dios a quien quiere y como quiere, pero este “pequeño don de lenguas” del que te hablo, si bien también es una gracia, no es inalcanzable…. Pide la gracia, hija, de tener para cada hermano que Dios va poniendo en tu camino, un gesto, una palabra, un detalle… Ese modo de actuar que se sustenta en un corazón convencido de que es amado por Dios y ese gozo se refleja en todo su proceder. Un corazón que se sabe amado por Dios es feliz aun en medio de la tormenta, y es tan grande su gozo que no duda en desear esto mismo para todos. No son tus discursos, hija, lo que necesita el corazón doliente de tu hermano, necesita solamente ver a Cristo en ti…
   - Madre, perdóname, pero eso me parece como muy difícil para mí. Con sólo mirar la miseria de mi alma no entiendo como alguien pueda ver a Cristo en mí.
   - No es tu esfuerzo, hija, sino tu amor generoso y comprensivo, tu amor hecho compañía, consuelo, contención, lo que hará que tu hermano sienta que Cristo le abraza desde tu abrazo, que Cristo le visita con tu visita, que Cristo le asiste con tu generosidad, que Cristo comparte una taza de té con él cuando tu le regalas ese tiempo al hermano. Tu corazón es puente entre Jesús y tu hermano. Así, este “pequeño don de lenguas”,  será muy efectivo pues hablará el lenguaje más necesario, más universal, ese lenguaje que todo ser comprende y anhela: el lenguaje del amor.
   Tus palabras, Madre mía, siguen repitiéndose en mi corazón aún cuando han transcurrido ya algunos años desde aquel Pentecostés, cuando llegaste a mi corazón susurrándome: “hablar a cada uno según te pueda entender”… palabras que siguen dando fruto en mi corazón… Gracias, Maestra del alma, gracias por estar allí, siempre…

   Te pido, María, que aquellos hermanos que lean este pequeño relato, sientan en su corazón tus palabras y puedan disfrutar de este “pequeño don de lenguas” que Tú nos propones, para gozo de tantos hermanos que necesitan una palabra, un gesto, una sonrisa que les perfume el alma…
María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com
(este relato se encuentra en mi cuarto libro
"Madre, en tu Corazón")




María y la oración de Marta

   No es la primera vez que escucho la lectura sobre Marta y María (Lc 10,38-42) , pero este domingo vuelvo a sentir esas palabras, en mi corazón, de un modo diferente.


   Tu imagen de Luján está cerquísima del sitio desde donde el sacerdote hace la Lectura, así que, como es mi  costumbre, corro a refugiarme bajo tu manto para entender mejor cada palabra santa…
   No un “entender” soberbio y vanidoso, no, pues de nada me serviría para buscar la santidad, sino un entender sencillo, descubriendo que es lo que esas palabras me dicen a mí, hoy…
   Y me llevas a la pequeña casa de Betania, justo cuando Marta ha comenzado a molestarse por la actitud de su hermana María.
   - Mira, hija, y mírate a ti misma en su lugar, tantas veces…
   - ¿Yo? ¿En su lugar? ¿Cómo? ¿Cuándo, Madrecita? Enséñame a ver, Madre, que muchas veces la ceguera del alma me lleva a errar caminos.
   - Escucha la oración de Marta.
   - ¿La oración? ¿Cuál oración? Más bien la veo muy molesta con su hermana.
   - A ver, hija, ¿Qué crees que es la oración? La oración es un diálogo con Dios, no un monólogo que más bien parece un listado lastimoso de penas y órdenes. Marta se acerca al Señor y le dirige esta oración, pero su oración está afectada por el estado de su alma. Así que comienza casi reprendiendo a Jesús  que, según ella, no ve ni valora su esfuerzo, para terminar dándole una orden acerca de lo que Dios debe hacer. No es un pedido, ni una súplica, es una orden. ¿Comprendes hija? Como si Marta conociese de antemano las únicas alternativas posibles frente a su problema ¿No crees que te le pareces en alguna ocasión?
   Frente a esta pregunta de mi Madre, intento mirar hacia atrás en mi propio camino y sí, muchas veces le dije a Jesús lo que “tenía” que hacer.
   - Ay, Madre, Madre, que triste se habrá sentido tu Hijo, más por mi ceguera que por mis penas… sabiendo que mis penas, muchas veces, nacen de mi ceguera…
   - Así es, hija, pero no te desanimes, no te apresures, que aún Marta está parada frente al Maestro, esperando la respuesta, porque toda oración  es escuchada, y respondida, aunque muchas veces la respuesta no sea la esperada, como con Marta, aun así es la mejor respuesta.
   Y mientras Marta escucha la respuesta del Señor, que le ofrece caminos y le aligera la carga, caigo en la cuenta de cuantas respuestas he tenido a mi oración, tardías unas, inexplicables otras… algunas hasta difíciles de entender, pero de toda circunstancia, puesta en oración en Su Corazón, siempre hallé el mejor fruto…
   - Hija, aún puedes ver otro momento en el que, a veces, actúas como Marta, y otras como María…
   - ¿Otro momento, Madre? ¿Cuál? Dime, por caridad…
   - Jesús entró a casa de las hermanas de Lázaro… y, como te explicaba el sacerdote en la homilía:” ¡Es el Señor el que está entrando!”… todo lo demás, hija, pasa a un segundo plano, o debería pasar… Cuando recibes a Jesús en la Eucaristía, El entra a tu casa, a tu corazón… piensa hija, como le recibes…si como María, escuchando sus enseñanzas y adorándole desde lo profundo de tu alma, o como Marta, casi reprendiéndole porque no hace lo que tu esperas que haga… Aún en este caso, hija mía, ten la certeza de que Él te escuchará, te llamará por tu nombre y te mostrará que, muchas veces, caminas con excesiva carga sobre tus hombros y luego te mostrará el camino de las cosas que “no te serán quitadas”…
   Guardo silencio ante la profundidad de tu enseñanza, ante la delicadeza de tus consejos de Madre, siempre atenta a la salvación  de sus hijos…
   Con cuánta dulzura me muestras mis errores, mis olvidos, mis egoísmos…
   Es tiempo de prepararme para la Eucaristía, debemos dejar la casa de Betania… No alcanzo a ver ni a escuchar la respuesta de Marta a las palabras de Jesús…
   Más, ahora, sé que debo pensar en mi propia respuesta al Maestro, en mi propia actitud…
   Recibo a Jesús en la Eucaristía. En este momento no hay nada, nada, nada más importante… Es un momento único e irrepetible entre Jesús y yo, entre su abrazo y mi respuesta. Dios ha venido a mi corazón pecador. Dios, que baja desde el cielo y se queda bajo la apariencia de pan… esperándome…  Ante tan grande milagro, solo puedo permanecer de rodillas en un profundísimo agradecimiento, en un silencio del alma que adora y escucha… ese momento, luego de recibir la Eucaristía, que tantas veces me ha parecido solo un instante, aunque el reloj me desmienta, ese momento es un regalo que no merezco, pero recibo agradecida… es, sin duda, el mejor momento del día, del mes, del año, de la vida….

   A vos, que me acompañaste en esta pequeña meditación, te deseo muchos momentos a los pies del Señor, como María… y, aunque muchas veces sientas que exiges, como Marta, no te angusties, Jesús tiene para ti una respuesta personal, en cada Eucaristía….
 María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com
(este relato se encuentra en mi cuarto libro
"Madre, en tu Corazón")


Madre, donde está mi tesoro...

     Donde está tu tesoro está tu corazón… Estas palabras, tan conocidas, se repiten en la Santa Misa hoy… parece sencillo, pero no lo es tanto, por lo que recurro a ti, Madrecita, como siempre:
   - Y ¿Cómo hago, Madre? Si mi corazón se va, muchas veces, detrás de cosas que tienen disfraz de tesoros…. A veces me sorprendo con mi corazón puesto, confiadamente, en cosas pasajeras… ¿Cómo le pongo riendas a este corazón, para que esté en los tesoros eternos?
   Y, mientras esto me pregunto, te miro serena en tu imagen de Luján… y tu respuesta me asombra y, a la vez, me tranquiliza…
   - Dime, hija, la jaculatoria de tu Instituto… aunque tantas veces la has pronunciado hoy quiero que descubras en ella  tesoros escondidos…
   Te respondo: - "Madre, en tu Corazón, mi corazón, todo lo que estoy haciendo y me pasa"
   - ¿Ves hija? Es tan simple: pon tu corazón en el mío… y allí lo tendrás a resguardo de los tesoros engañosos… y no te angusties si no sabes distinguirlos, pues su apariencia a veces te confunde… Usa el camino más corto… tu corazón en el mío… pero no como una simple frase, o una jaculatoria bonita, no, sino como un acto de total confianza en tu Madre que quiere llegues segura a los brazos de Jesús.. No tu corazón en el mío para que quede aquí como final de camino, no, sino tu corazón en el mío como camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar a Jesús….
    Voy comprendiendo la enseñanza del Maestro…. Donde está tu tesoro esta también tu corazón, que sería lo mismo que decir, donde está tu corazón está tu tesoro…. Y si mi corazón está en el tuyo, Madrecita, entonces está en el mejor de los tesoros, al mejor de los resguardos… así, puesto mi corazón en el tuyo te suplico que allí Cristo, como en una nueva Anunciación,  por medio del Espíritu Santo, tome completa posesión del mío, y lo haga semejante al Suyo, para que pueda amar y glorificar al Padre en mi y pasar de nuevo por el mundo haciendo el bien…

   Tesoros eternos y corazones que buscan el mejor resguardo…  Madre, cuida siempre mi corazón, para que no se deje deslumbrar por tesoros pasajeros… guarda mi Corazón para que aprenda a imitar tus virtudes, así, mi corazón será, al final del camino, un pequeño tesoro para presentarlo, de tu Mano, ante mi Señor…. 
                                                       María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com
(este relato se encuentra en mi cuarto libro
 "Madre, en tu Corazón")




miércoles, 17 de diciembre de 2014

Las Navidades de María

 Las navidades de María 

   Hoy comienza diciembre y caminamos hacia el segundo domingo de Adviento. Te pido me acompañes, María, en estos días especiales para el alma. Días de preparación y espera. Días de revisión profunda y cambios necesarios….
   - Días de recuerdos… perfumados por el  eterno amor de la Santísima Trinidad- me cuentas, bajito, en esta tarde de Adoración Eucarística…
   Y en mi alma brota la pregunta que esperó allí tanto tiempo:
   - ¿Cómo han sido tus Navidades, Madre?
   Y aún sin moverme de mi banco, siento que me haces un lugarcito bajo tu manto:
  - Hija, mucho antes de que el glorioso día del Nacimiento de Jesús se llamase Navidad, yo he tenido, cada año, un profundo volver del alma a esos días de Nazaret y Belén…. Han sido regresos distintos. Unos ocurrieron antes de la vida pública de Jesús, íntimos y desconocidos para el mundo, otros durante ella, con secretos aún no develados…Hasta que finalmente, luego de Pentecostés, he compartido con la Iglesia naciente todos los secretos que guardaba en mi corazón….
   - Cuéntame, Madre, por caridad cuéntame, para que mi alma saque, de este Adviento, el mayor fruto posible…
   Y, como quien abre el cofre de un valioso tesoro, abres para mí los secretos de tu Corazón:
   - Hija, hubo una primera Navidad en Belén, la noche del Nacimiento de Jesús. Noche de asombro y misterio. Noche de puertas cerradas y ángeles cantando y anunciando “…una gran alegría… Os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo Señor” (Lc 2,10). Noche en que el Todopoderoso siguió haciendo “en mí grandes cosas”. Noche que he guardado en mi Corazón desde entonces, como cada mamá guarda en su corazón el día del nacimiento de su hijo. Luego vinieron los años de la vida oculta de Jesús…. En esos años mi corazón volvía a esa noche de forma íntima y sencilla junto a Jesús y José. Primero en Egipto y luego en Nazaret. Era gran alegría para mi corazón revivir, junto a mi esposo, los recuerdos de aquel Primer Adviento y la noche del Nacimiento. Pues  yo guardaba todas esas cosas y las meditaba en mi Corazón. Después del Bautismo de Jesús en el Jordán las cosas cambiaron…. Jesús estaba siempre rodeado de sus apóstoles y de las personas que lo seguían... y yo le acompañaba algunas veces… otras, sólo le podía acompañar con mi Corazón. Recordaba yo esos días amados…  el secreto de la Anunciación y los acontecimientos del Nacimiento me acompañaban en silencio, esperando el momento de visitar otros corazones…. Pero ese momento aún no llegaba. Yo seguía diciéndole al Padre “hágase en mi Tu Voluntad” sin saber cuándo sería el tiempo de revelarlos…
   - Madre, tu silencio es admirable. Tu entrega es admirable. Callar por tantos años semejante secreto, solo la Llena de Gracia podía hacerlo… Si, solo Aquella saludada por el Ángel  “Salve, llena de gracia; el Señor es contigo”…Todos tus silencios, Madre mía, llenan las páginas del Nuevo Testamento… Tus silencios que nos hablan de tu profunda humildad, de ser guardiana de los tesoros del Evangelio hasta que llegase el momento de confiarlos a la Iglesia… Sigue, Madre mía, sigue contando a esta pobre hija tuya que quiere aprender a imitarte…
   En el silencio del recinto tu mirada dulce y serena y tus manos tomando las mías, me responden  que en este camino de aprender a imitarte no estoy sola… tu me llevas, si yo me dejo llevar por ti….
   - Cuando fue el tiempo que el Altísimo me mostró,  ya pude confiar a los Apóstoles los valiosos y amados secretos de mi Corazón… Entonces, esa “inmensa alegría” de que hablaban los ángeles, comenzó a ser vivida y recordada también por la  Iglesia naciente… fue un camino lento y un aprendizaje… fue recordar para aprender, no recordar por recordar, porque eso no le sirve al alma…. Durante los primeros años yo les acompañaba y ellos me preguntaban… Así, mis secretos fueron llegando a los corazones y quedaron para siempre viviendo y latiendo en el Evangelio….
   Navidades distintas. Navidades de secretos guardados y de distancia prudente. Navidades de corazón callado y de alas extendidas…. Tus Navidades María….Tan distintas a las mías....
   Tengo tanto que aprender de ti, Señora Mía…..Enséñame, María, a imitar tu “volver del alma a esos días”…
   Sin salir de tu Corazón (¿adónde mas iría si quiero hallar a Cristo con seguridad?) te escucho….
   - En esta época del año, la Iglesia te va mostrando los caminos del Adviento… tiempo de preparación para recibir a Jesús, tiempo de ponerse en marcha hacia tu Belén interior…. Fíjate que en aquellos días de la Primera Navidad,  "apareció un edicto del César Augusto, para que se hiciera el censo de toda la tierra" (Lc 2,1) ¿Qué te dice este detalle, querida mía?
   - Pues… que como el Mesías debía nacer en Belén, el Señor dispuso todo de tal manera que José y tú estuviesen allí el día del nacimiento, pero ¿Qué tiene que ver  esto con mis días de Adviento?
   - Mucho, hija, tiene mucho que ver… Quiero mostrarte la importancia que tiene tu decisión, tu profundo deseo de hacer la Voluntad de Dios… siempre que este profundo y sincero deseo se halle en tu corazón,  siempre habrá un "César Augusto" que te empuje hacia donde debas estar, sabiéndolo él o no…. El Señor se ha de valer de las circunstancias ordinarias de tu vida para acercarte a Él, si tú se lo pides… El volver de tu alma hasta estos días ha de ser una meditación serena, tranquila… ha de ser una súplica a Dios para que tu corazón no se cierre a Su llegada, ha de ser un pedido sereno y firme de limpiar tu corazón de todas las cosas inútiles, pesadas y malolientes que a veces, sabiéndolo o no, guardas allí… en medio de tanta cosa ¿Dónde hallará su lugar mi Hijo?... Si tú me lo pides, he de alcanzarte la gracia que necesitas… hasta la gracia de desearlo….
   - ¿La gracia de desearlo? ¿Hasta eso Madre?
   - Si hija, si tu ni siquiera puedes desear plenamente ese "orden del corazón" que es tan necesario, y me lo cuentas, pues, te iré alcanzando la gracia que necesitas para que ese deseo tenga fuertes raíces en ti…
   - Oh, Reina y Madre de la Misericordia…. Cuan generosa eres, cuanto nos amas, que no escatimas medio para conducirnos a tu Hijo…. Si, hoy y todos los días de mi vida, te pido la gracia de tener este deseo de limpiar mi corazón… y cuando no esté en el sitio que deba,  pues, algún "César Augusto" me llevará adonde deba, si también me asistes con la gracia de la obediencia….
    Gracias Madre, por este momento que me dedicas…. Gracias… Sé que vendrás conmigo en los caminos del Adviento, sé que me esperas en la Nochebuena, junto a Jesús, en la Eucaristía…. Te pido que cuando llegue ese momento, pueda acercarme al Maestro  con el corazón libre de cosas inútiles, de sentimientos que lastiman y pesan, de recuerdos que amargan y opacan…. Y cantaremos juntas, María "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres….."

   Cada Navidad es un volver del alma a esos días gloriosos… cada Navidad es un volver sobre mi corazón para hacer de él una cuna para Jesús, en una habitación limpia y ventilada, libre de cosas inútiles que opacan el brillo del cielo de Nochebuena….

María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com 
(este relato se encuentra
 en mi cuarto libro
 "Madre, en tu Corazón")






















lunes, 25 de agosto de 2014

María y la inmensa profundidad del Cáliz

   ¡Qué profundo, Madre mía, es el misterio de la Misa!... Sólo desde la fe puedo reconocerlo. No es algo lejano e inalcanzable, sino cercano, repetido en cada Eucaristía… ¿A cuántas Misas asistí en mi vida? Imposible la cuenta y, sin embargo, aun tengo tanto por descubrir, por reconocer, por entender…
    - Y por disfrutar…- susurras a mi corazón como para que el gozo del alma sea completo…
   - ¿Disfrutar, Madre? Bueno, sí, es hermoso saber que Jesús está tan cerca, pero tus palabras van más lejos ¿verdad?...
   - Por cierto, hija, el descubrir, el reconocer y el entender, en la medida de tu capacidad, es incompleto si no te lleva a disfrutar, en lo más profundo de tu alma, el grandísimo acto de amor de Jesús en cada Eucaristía.
   - Llévame, Madre, de tu mano, a recorrer cada palabra, cada gesto que esconde, a los ojos del cuerpo, tan sublime milagro…
   Y pongo mi corazón en el Tuyo y te pido la gracia, si, la gracia de vivir este momento con la mayor intensidad que me sea posible… la gracia, Madre, porque sin la gracia es imposible, sin la gracia son vanos mis esfuerzos y pobres los resultados…. Y la gracia se da a quien la pide… por eso, en esta Misa, te suplico la gracia de disfrutar en mi alma el milagro del Amor…
   Y llega el tiempo de la Consagración y, por un momento, hasta el tiempo transcurre lento para reverenciar, a cada instante, a su Creador…
   El sacerdote toma entre sus manos el Cáliz… pronuncia las palabras santas… “Tomen y beban todos de él, porque éste es el Cáliz de mi Sangre…..” y  el vino ya no es vino sino tu Preciosísima Sangre, Jesús mío…
   Y tus palabras, María, le dan luz al alma para que entienda un poco más y pueda empezar a disfrutar…
  - ¡Es tan profundo el misterio que encierra este pequeño Copón! Contiene en sí al Dios de la vida. Tú no puedes penetrar con tus ojos las paredes del Cáliz, pero tu fe te dice que allí está Jesús
   Y por un instante, Madre, me llevas a Nazareth… el mismo milagro y tu vientre como Sagrario Perfecto.
  El sacerdote sostiene entre sus manos la Hostia y el Cáliz. Sólo Dios puede realizar tan grande prodigio, quedarse bajo la apariencia de pan y vino y dejarse sostener por manos humanas… y el Cáliz me sigue pareciendo inmenso, profundísimo, como vedando a mis ojos los más profundos secretos… Cáliz que contienes a tu Creador, Cáliz portador de secretos que no soy digna de conocer… Cáliz que eres promesa de amor cumplida, Cáliz bendito…
   Y empiezo, lentamente, a comprender lo que significa “disfrutar” de la Eucaristía… Tan grande milagro y ni un solo signo externo, tan grande milagro y estoy aquí, para verlo con la fe si he pedido antes la gracia, para disfrutarlo en mi alma sabiendo que Jesús está allí y hasta pareciera que el recinto ha quedado vacío y solo somos Jesús y yo…
   Y, sin notarlo casi, me veo acompañándote, María, al momento de la Ascensión, escuchando a Jesús: “ Y miren que Yo con vosotros estoy, todos los días, hasta la consumación del siglo” (Mt 28,20)
   Y las palabras de Jesús resuenan, nítidas, en mi corazón “ con vosotros, todos los días, hasta el fin…”
   - Al decir “con vosotros”, te incluye- dices, María, como para que no me sienta lejana- “con ustedes” es también contigo
   - También conmigo- y se me llena de asombro y alegría el alma al sentirme particularmente incluida en la promesa de Jesús…
   Se acerca el momento de la Comunión y, aun en tu Corazón, Madre, te pido la gracia de disfrutar, en mi alma, el milagro que se aproxima: Dios entrando a mí, Dios tornado en pan para el hambre de mi alma, que no puede saciarse con las cosas del mundo…
   Cerquísima ya del altar, las palabras de Maestro me invitan al abrazo, a la confianza… “contigo, todos los días, hasta el fin del mundo…” Que recibirlo no sea, Madre, un acto repetido, conocido y hasta casi mecánico… que sea un abrazo verdadero entre Jesús y yo… alcánzame la gracia, oh Mediadora de todas las gracias, de comprender, en lo que mi pobre capacidad pueda, que Dios Todopoderoso, Eterno, infinitamente Santo se coloca frente a mí, dejándose sostener por el sacerdote, mientras me repite: “Aquí estoy, contigo, como cada día, hasta tu último día”
   El Cáliz brilla en el altar y una niña dice “parece un tesoro”
   - De la boca de los niños brotará la alabanza- me recuerdas, Madre, para que no olvide que el Espíritu Santo sopla donde quiere y como quiere….
   Un tesoro escondido….
   - ¿Éste es también el tesoro del que habla Jesús?
   -  Hija, hablaremos de esto más tarde, ahora ve, que los brazos de mi Hijo se extienden hacia ti, en la Eucaristía….

   Y vuelvo a mi banco… y me traes en tu Corazón, Madre, y te encuentras con Jesús que está entrando al mío … y susurras “Contigo, hija, está contigo, como todos los días, hasta tu último día”
María Susana Ratero


NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón por el amor que siento por Ella.”

miércoles, 23 de julio de 2014

AUDIOS de mis relatos para DESCARGAR

AUDIOS DE MIS RELATOS para descargar.
Esta idea nació hace varios años, cuando conocí a Cristian, un hermano no vidente, y sentí que yo podía leerle mis escritos.... pasado el tiempo, espero le sirvan a aquellos que no pueden leer o no tienen quien les lea. Descargar los audios es GRATIS, solo pido a quien lo haga, una oración por las Benditas Almas del Purgatorio
001. Desde las pequeñas cosas (es el mismo que aparece con el nombre "De paseo con María Santísima" en  "Mis encuentros con María")Descargar
002- El Angel Gabriel y la Inmaculada (del libro "Mis encuentros con María")Descargar
003- Con María, recordando la Anunciación (del libro "Mis encuentros con María")Descargar
004- Secreto de María, secreto de mujer (del libro "Mis encuentros con María")Descargar
005- El primer dolor de María y José ( del libro "Mis encuentros con María")Descargar
006- Hacia la Profecía (del libro "Mis encuentros con María")Descargar
007- Con María, caminando hacia Belén (es el mismo que "Con María, hacia mi propia Navidad" de "Mis encuentros con María")Descargar
008- De cara al mundo (del libro "Mis encuentros con María)Descargar
009- Anuncios dolorosos (del libro "Mis encuentros con María")Descargar
010- Con María y un doloroso anuncio de la Pasión (del libro "Mis encuentros con María)descargar
011- Con María, en Domingo de Ramos (del libro "Mis encuentros con María)Descargar
012- Con María, camino del Calvario (del libro "Mis encuentros con María)Descargar
013- Con María, recordando la Ascensión (del libro "Mis encuentros con María)Descargar
014- Con María, esperando Pentecostés (del libro "Mis encuentros con María")Descargar






viernes, 18 de julio de 2014

Mis Libros, para DESCARGAR GRATIS

18 de julio de 2014:
A vos, que has llegado hasta mi blog, te ofrezco, de corazón, mis libros...
La descarga es gratuita, solo te pido, por caridad, que ofrezcas diez Misas por las Almas del Purgatorio.
Si no puedes dar una limosna por la Misa, alcanza que las ofrezcas en tu corazón.

                          Este es el primero de mis libros "Mis encuentros con María"
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y esta es la tapa del libro:
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                                  Mi segundo libro es "Palabras... bajo el manto de María"
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y esta es la tapa del libro:
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                                       Mi tercer libro es "Con María, multiplicando migas"
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y esta es la tapa del libro:
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    Y hoy, 08 de julio de 2015,  te presento el libro
que está impreso desde diciembre de 2014:

                                     Mi cuarto libro "Madre, en tu Corazón..."  el cual tiene decreto de                                                                              "imprimatur" de Mons Hector Aguer, Arzobispo de La Plata
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y esta es la tapa del libro:
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sábado, 25 de mayo de 2013

Maria y la oveja perdida







María y la oveja perdida

Hace tiempo vi un pequeño cuadro del Buen Pastor y algo en él me llamo la atención. Junto al pastor había una oveja más grande que las demás. Era parte del rebaño pero distinta. Podía leerse en sus mansos ojos una súplica al Pastor, por una oveja que se había apartado del rebaño y se perdía en caminos sinuosos.

Esta mañana, mientras leo la parábola de la oveja descarriada, me llego hasta tu Corazón, Madre Santísima, para que me expliques esos detalles de amor que esconde la Palabra….

Y te acercas a mi alma, en la fresca brisa de esta mañana, a la sombra de los árboles de mi patio.

- Las ovejas, hija, las ovejas y el Pastor… Por cierto, no es un Pastor común, es El Pastor por excelencia. Yo he sentido en mí los cuidados y delicadezas de este Pastor. Desde Nazareth, donde mi alma queda extasiada de gozo porque “ en mí obró grandezas el Poderoso” (Lc 1,49)… Tú también puedes disfrutar de los cuidados y atenciones de este Pastor, tal como te lo asegura en la Parábola.

- Oh Madre!, ¿Puedes guiarme para sacar de esta lectura el mayor fruto para mi alma?

- Con gusto hija. Ven, vamos con el Pastor y su rebaño.

Y con mi corazón en el Tuyo nos vamos al desierto, por donde viene caminando el Pastor con sus ovejas.

- Mira, hija, como las cuida. Las llama por su nombre y ellas reconocen su voz; lo siguen, sabiendo que, aún en medio del desierto, con tal Pastor, no pasaran hambre ni sed.

Cuando Pastor y rebaño están cerca nuestro, me aconsejas:

- Fíjate que una se ha descarriado, se ha alejado y hasta cree que ya no puede regresar. Se siente perdida… Recuerda y gusta ahora las palabras de la Escritura “…Que hombre entre vosotros, teniendo cien ovejas, si llega a perder una de ellas, no deja las otras noventa y nueve en el desierto, para ir tras la oveja perdida, hasta que la halle?"

Me tomas, Madre, de la mano y me conduces, delicada y pacientemente, hasta muy cerca de la oveja perdida.

- Mírala con tu corazón, hija, creo que la conoces…

Al acercarme a aquel sitio escarpado y de difícil acceso, esperando ver un pobre animal asustado, me encuentro Oh Dios!!! ¡¡¡Conmigo!!!. Me veo a mí misma, perdida tantas veces en tantos caminos mal elegidos, en tantas opciones equivocadas, en tanto olvido…

Entonces me abrazas, porque sabes que de mis labios no puede salir ni una palabra, pues tengo un nudo en la garganta…. Un llanto contenido que mezcla antiguas penas y profundos agradecimientos…..

- Ay Madre! ¡¡¡Cuántas veces me perdí! ¡Cuántas veces me sentí sin caminos y hasta sin fuerzas para volver al rebaño!

Entonces descubro, con inmensa alegría que, cada vez que me sentí perdida, nunca se apartó de mis labios el Avemaría… y hasta hubo una vez, en que la pena era tan honda y no había camino posible, a los ojos humanos, que desde el fondo de mi alma mi oración fue un profundo y silencioso grito:¡¡¡Hacé algo, por piedad, hacé algo!!!!!!....¡Cuántos recuerdos! Cuánto camino recorrido, cuantas esperas entre espinas….

Sin dejar de abrazarme, repites para mí las Palabras Santas:” Para ir tras la oveja perdida, hasta que la halle”

- Escucha hija: “ir tras”, o sea que el Pastor ya sabía dónde ir a buscarla. Y sólo el Pastor puede “ir tras” la oveja, porque los caminos son sinuosos, difíciles… ninguna otra oveja puede ir a rescatarla, solo el Pastor.

- ¿Por qué sólo el Pastor, Madre? ¿Por qué solo Él puede recatarla y no otra de las ovejas del rebaño?

- Porque el territorio donde está perdida, hija, es su corazón, solo Jesús puede entrar en él, aliviar heridas, curar desilusiones, acortar esperas….

En el silencio asombrado de mi alma me veo tantas veces socorrida, como si nombrarte, Madrecita, haya sido el grito de auxilio que traspasó todas las distancias, todos los abismos, todos los dolores…

Recuerdo el cuadro del Buen Pastor, esa oveja grande pintada junto a Él… ¡Eras tú Madrecita! ¡Tú que escuchabas mi voz, mi súplica, mi llanto! ¡Tú te acercaste al Pastor y suplicaste por mí! ¡Gracias, Madre, gracias!!!

Arropada bajo tu manto, sigo escuchando tu sabia enseñanza…

- “Y cuando la hallare, la pone sobre sus hombros, muy gozoso, y vuelto a casa convoca a amigos y vecinos y les dice “Alegraos conmigo, porque halle mi oveja, la que andaba perdida”

Ya se escuchan los pasos del Maestro que me ha hallado y viene por mí, pobre oveja enredada entre espinas… y los pasos del Maestro son pasos conocidos… tienen el sonido de tantas absoluciones recibidas en la Confesión, de tantos “El Cuerpo de Cristo” escuchado al recibirle en la Eucaristía… el eco de tantos buenos hermanos acercándome una palabra, un abrazo, un corazón que me escuchó y me contuvo… ¡Cuantas veces el Maestro me puso sobre sus hombros!¡¡¡Cuántas!!!!

- Hija- continúas, para que no pierda ni una sola enseñanza- que no te pasen desapercibidas las dos palabritas siguientes…”la pone sobre sus hombros MUY GOZOSO” .Este detalle de infinita misericordia es el que has de recordar, confiada. Cuando Él te ha hallado, su Corazón ha sentido una enorme alegría, alegría que se ha extendido por todo el Cielo. Algunas veces ha esperado largo tiempo a tu lado, hasta que tú quisiste o pudiste estirar tus brazos hacia Él. Jesús es paciente, hija y la inmensidad de su Paciencia es tan insondable como su Misericordia.

Que enorme paz ha sentido mi alma cada vez que el Maestro me llevó en sus hombros. Una paz profunda, gozosa, infinita, una paz que nada en este mundo puede darme.

- Aún falta otro detalle. Si lo buscas, lo descubrirás-Y repites para mí: “Alegraos conmigo, porque halle mi oveja, la que estaba perdida

- Mi oveja… mi oveja- repito mientras las palabras me van mostrando sus profundos secretos de amor.

- Así es, querida mía, cuando el Maestro dice “mi oveja” no dice “cualquier oveja”, sino “mi oveja”, porque le perteneces. Por filiación divina eres hija de Dios, por el Bautismo. “Mi oveja, la que andaba perdida”. Su gran Misericordia no tiene en cuenta los motivos por los que te habías perdido… no hay reproches, hay amor, un amor tan grande que el encontrarte ha llenado de gozo Su Corazón. … Recuerda estas palabras, hija, cuando sientas que te alejas del Pastor… recuerda también que por lejos que estés, escucharé tu oración de súplica y se la acercaré a mi Hijo, para que vaya “tras de ti”. Recuérdala, no sólo cuando tú te hayas perdido, sino también cuando veas alejarse del Pastor a aquellos que amas, a los que conoces y a los que no amas también… Tú no puedes caminar tras ellos, porque a la profundidad de su alma solo el Buen Pastor puede llegar, esperar con paciencia infinita y, en los tiempos y modos de Él (no en los tuyos) abrazar y cargar a salvo en sus hombros a esas ovejas por las que tú le has suplicado… Suplica para ellas la gracia del perfecto arrepentimiento y deja en manos del Pastor los tiempos y las circunstancias….

Me colocas amorosamente sobre los hombros del Buen Pastor y, como despedida, lees para mí el final de la Parábola ”Así os digo habrá gozo en el Cielo, más por un solo pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse”…

Jesús me carga sobre sí y me devuelve al rebaño. Tú estás junto a Él y le hablas de tantas otras ovejas que necesitan su abrazo, les presentas las oraciones que, de ellas o por ellas, has recibido.

Madre, que jamás desoyes a tus hijos, te pido la gracia de que nunca falte en mis labios un Avemaría por mí, por cada uno de mis hermanos, en la plena confianza de que el Buen Pastor te ha de escuchar y llegará a cada corazón en sus tiempos, en sus circunstancias, para Gozo perfecto de Su Corazón y de todo el Cielo.



Amigo mío, amiga mía…. que quizás sientas que andas por caminos sinuosos y con espinas…o quizás veas por estos caminos a aquellos que amas…. No apartes jamás de tu corazón el Avemaría, en la total confianza de que tu Madre hará llegar tus súplicas al Pastor…

María Susana Ratero

NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón por el amor que siento por Ella.”



lunes, 1 de octubre de 2012

María y la tentación en el desierto



María y la tentación en el desierto

   Madre, hoy siento que mi alma está tan desierta como esta hoja de papel que tengo frente a mí. Trato de escribir una meditación sobre el desierto…. Intentando sacar una enseñanza  de las tentaciones de Jesús luego de su Bautismo (Mt 4,1-11).
   Me llego hasta tu Inmaculado Corazón buscando una respuesta, un camino… Que difícil, Madre, resulta para mi alma hallar caminos en medio del desierto. Ese paisaje monótono y desolado, a veces insípido y otras… otras amargo.
   Lo único más cierto y cercano en esta desolación del alma es Tu Corazón… y en Él me refugio, para que el cegador viento de mi desierto no me haga perder el rumbo.
   Así me voy, de Tu Mano, al día en que Jesús “fue conducido al desierto por el Espíritu”… y me quedo, esperando tus palabras, tu mirada… tu abrazo…
-          Hija mía- susurras en silencio, porque hasta del silencio te sirves para guiarme-  lee con atención, medita cada palabra de este pasaje: “Jesús fue conducido” No fue por Él mismo ni se encontró de pronto y por azar en el desierto, sino que “fue conducido” ¿comprendes? ¿puedes ver camino y respuesta en estas palabras?
Con gran pena en el alma te respondo:
-          Pues… en verdad, no. ¡Ay perdóname Madre! Tú eres muy clara en explicar, pero yo ¡soy tan lenta en entender!
 Tu infinita paciencia no se inmuta sino que, generosa, se despliega ante mí para mostrarme exquisitos tesoros.
-          Hija, el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto, pero no lo dejo allí tirado y solo. Le condujo y le acompañó, era uno con Él, aunque distinto. De semejante modo actúa el Espíritu contigo. Te conduce al desierto… Al verte tú en tan desolado sitio no has de pensar que eres olvidada de Dios ¡Nada más lejos de eso! El desierto del alma, luego del fervor de la devoción, es prueba segura de que eres conducida por el Espíritu. Jesús, luego de ser bautizado oyó la voz de su Padre que, desde el cielo, decía:” Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco”…  Aquí ves un gozo perfecto del alma seguido por el desierto… y el desierto es puerta, es comienzo, es prueba… Jesús no fue dejado solo, aunque estuvo solo. No fue dejado sin armas porque habría de enfrentar una batalla, no fue dejado sin fuerzas, aunque el hambre se le abalanzó luego de un largo ayuno…
-          Oh Madre! Cuánta Sabiduría hay en tus palabras, cuánto me enseñas sobre este tiempo de Jesús en la Tierra… más… aún no comprendo en que se asemeja el desierto de Jesús a mi desierto, a esta sequedad profunda del alma, que no sacia su sed por más que beba, que no haya consuelos ni caminos.
 Me abrazas un rato, me calmas… casi que me acunas el alma… y dices:
-          Tu alma ha recorrido un largo camino. Tiempos de gozo profundo y alegría perfecta en el corazón de Cristo. Tiempos, luego, de dolor, de soledad, de angustia. Aún durante ese tiempo has tenido serenas alegrías en el alma que mitigaban el dolor y te fortalecían para enfrentarlo. Ahora la intensidad del dolor ha cesado y también siente tu alma que han cesado los consuelos.  Aunque agradecida por los bálsamos que aliviaron el dolor, te sientes como perdida por la profundidad del silencio… por la sequedad interior que te asombra y te desarma. Esto, hija, es el desierto al que te ha traído el Espíritu.
-          ¿Y para qué?- te pregunto con las pocas fuerzas que quedan después del largo ayuno del alma.
-          Buena pregunta. No es “porqué” sino “para qué”. Para que aprendas que, frente a las diversas tentaciones que sufre el alma, porque es en el desierto donde es más tentada, debes imitar a Jesús. Pues es en Su imitación donde hallas el camino hacia la santidad, la cual, es tu verdadero destino. Imitar a Jesús en el desierto es aprender y conocer su enseñanza, su consejo, su vida.  Allí encontrarás todas y cada una de las armas que has de emplear para salir victoriosa de cada tentación. Por ello, hija, no ha de entristecerse ni desanimarse tu alma frente a las tentaciones. Nada de eso, sino que ha de recurrir prestamente a la oración. No ha de importarte, hija, si hallas o no consuelo y gusto en ella. La oración es, para tu alma, lo que para el guerrero su armadura. Cimentada tu alma en la oración y alimentada por los Santos Sacramentos, Confesión y Eucaristía, sentirás como, lentamente, vas hallando caminos para alejarte de la tentación… o fuerzas para resistirla sin entrar en diálogo con ella… sentirás que no luchas sola la batalla, sino que Alguien superior a ti potencia las armas y te las alcanza, una a una, a su tiempo…
  Recuesto mi cabeza en tu pecho y me abrazas, con ese abrazo maternal que tanto alivia el alma, ese abrazo que está al alcance de cada hijo tuyo, porque nadie se siente huérfano luego de saber que te tiene como Madre…
  Continúas…
-          Mi querida, como te decía, el desierto no es abandono de Dios para contigo… es purificación del alma. Nunca estarás sola en este trance difícil, siempre estaré contigo. Aunque no lo percibas, aunque creas que me he alejado, aunque mi voz no te llegue por el fuerte silbido de los vientos que agitan tu alma. Que mi Corazón sea tu refugio, hijita. Que en Mi Corazón halles la calma y la serenidad que el mundo o las circunstancias no pueden darte. Te ofrezco mi Inmaculado Corazón como perfecto refugio, donde hallaras abrigo y alimento… desde donde podrás ver los caminos que tu alma necesita. Te ofrezco mi Corazón, hija, hasta que pase el temporal. Aunque afuera arrecie el viento, si te refugias en Mi Corazón podrás soportarlo. Quédate en él, mi querida hija, quédate en él todo el tiempo. Tu alma escuchará, entonces, como en Cana de Galilea:” Haz todo lo que Él te diga”. Al final de tu camino, si permaneces en mi Corazón, hallarás esa puertecita por la que entrar al más preciado vergel, al paraíso desde el cual todo desierto te resultará lejano…. Hallarás, desde Mi Corazón, el Corazón de Cristo…
 En el silencioso amanecer de este domingo, siento una serena alegría… el sencillo gozo que siente el alma que se encuentra contigo.  Con una paz profunda, una paz que parecía tan lejana, te susurro:
-          Gracias, Mamita, gracias… por no dejarme sola en ningún desierto, en ningún tiempo, en ningún dolor, gracias…
  Y vuelvo a repetirte la jaculatoria de mi Instituto:
  “Madre, en Tu Corazón, nuestros corazones, todo lo que estamos haciendo y nos pasa”


   Hermana mía, hermano mío que quizás, estás caminando, como yo, por el desierto… no olvides que, aunque arrecie la tempestad, siempre tienes a mano el más seguro de los refugios: El Corazón de Tu Madre.

María Susana Ratero
NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón  por el amor que siento por Ella.”


  

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