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María y la tentación en el desierto



María y la tentación en el desierto

   Madre, hoy siento que mi alma está tan desierta como esta hoja de papel que tengo frente a mí. Trato de escribir una meditación sobre el desierto…. Intentando sacar una enseñanza  de las tentaciones de Jesús luego de su Bautismo (Mt 4,1-11).
   Me llego hasta tu Inmaculado Corazón buscando una respuesta, un camino… Que difícil, Madre, resulta para mi alma hallar caminos en medio del desierto. Ese paisaje monótono y desolado, a veces insípido y otras… otras amargo.
   Lo único más cierto y cercano en esta desolación del alma es Tu Corazón… y en Él me refugio, para que el cegador viento de mi desierto no me haga perder el rumbo.
   Así me voy, de Tu Mano, al día en que Jesús “fue conducido al desierto por el Espíritu”… y me quedo, esperando tus palabras, tu mirada… tu abrazo…
-          Hija mía- susurras en silencio, porque hasta del silencio te sirves para guiarme-  lee con atención, medita cada palabra de este pasaje: “Jesús fue conducido” No fue por Él mismo ni se encontró de pronto y por azar en el desierto, sino que “fue conducido” ¿comprendes? ¿puedes ver camino y respuesta en estas palabras?
Con gran pena en el alma te respondo:
-          Pues… en verdad, no. ¡Ay perdóname Madre! Tú eres muy clara en explicar, pero yo ¡soy tan lenta en entender!
 Tu infinita paciencia no se inmuta sino que, generosa, se despliega ante mí para mostrarme exquisitos tesoros.
-          Hija, el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto, pero no lo dejo allí tirado y solo. Le condujo y le acompañó, era uno con Él, aunque distinto. De semejante modo actúa el Espíritu contigo. Te conduce al desierto… Al verte tú en tan desolado sitio no has de pensar que eres olvidada de Dios ¡Nada más lejos de eso! El desierto del alma, luego del fervor de la devoción, es prueba segura de que eres conducida por el Espíritu. Jesús, luego de ser bautizado oyó la voz de su Padre que, desde el cielo, decía:” Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco”…  Aquí ves un gozo perfecto del alma seguido por el desierto… y el desierto es puerta, es comienzo, es prueba… Jesús no fue dejado solo, aunque estuvo solo. No fue dejado sin armas porque habría de enfrentar una batalla, no fue dejado sin fuerzas, aunque el hambre se le abalanzó luego de un largo ayuno…
-          Oh Madre! Cuánta Sabiduría hay en tus palabras, cuánto me enseñas sobre este tiempo de Jesús en la Tierra… más… aún no comprendo en que se asemeja el desierto de Jesús a mi desierto, a esta sequedad profunda del alma, que no sacia su sed por más que beba, que no haya consuelos ni caminos.
 Me abrazas un rato, me calmas… casi que me acunas el alma… y dices:
-          Tu alma ha recorrido un largo camino. Tiempos de gozo profundo y alegría perfecta en el corazón de Cristo. Tiempos, luego, de dolor, de soledad, de angustia. Aún durante ese tiempo has tenido serenas alegrías en el alma que mitigaban el dolor y te fortalecían para enfrentarlo. Ahora la intensidad del dolor ha cesado y también siente tu alma que han cesado los consuelos.  Aunque agradecida por los bálsamos que aliviaron el dolor, te sientes como perdida por la profundidad del silencio… por la sequedad interior que te asombra y te desarma. Esto, hija, es el desierto al que te ha traído el Espíritu.
-          ¿Y para qué?- te pregunto con las pocas fuerzas que quedan después del largo ayuno del alma.
-          Buena pregunta. No es “porqué” sino “para qué”. Para que aprendas que, frente a las diversas tentaciones que sufre el alma, porque es en el desierto donde es más tentada, debes imitar a Jesús. Pues es en Su imitación donde hallas el camino hacia la santidad, la cual, es tu verdadero destino. Imitar a Jesús en el desierto es aprender y conocer su enseñanza, su consejo, su vida.  Allí encontrarás todas y cada una de las armas que has de emplear para salir victoriosa de cada tentación. Por ello, hija, no ha de entristecerse ni desanimarse tu alma frente a las tentaciones. Nada de eso, sino que ha de recurrir prestamente a la oración. No ha de importarte, hija, si hallas o no consuelo y gusto en ella. La oración es, para tu alma, lo que para el guerrero su armadura. Cimentada tu alma en la oración y alimentada por los Santos Sacramentos, Confesión y Eucaristía, sentirás como, lentamente, vas hallando caminos para alejarte de la tentación… o fuerzas para resistirla sin entrar en diálogo con ella… sentirás que no luchas sola la batalla, sino que Alguien superior a ti potencia las armas y te las alcanza, una a una, a su tiempo…
  Recuesto mi cabeza en tu pecho y me abrazas, con ese abrazo maternal que tanto alivia el alma, ese abrazo que está al alcance de cada hijo tuyo, porque nadie se siente huérfano luego de saber que te tiene como Madre…
  Continúas…
-          Mi querida, como te decía, el desierto no es abandono de Dios para contigo… es purificación del alma. Nunca estarás sola en este trance difícil, siempre estaré contigo. Aunque no lo percibas, aunque creas que me he alejado, aunque mi voz no te llegue por el fuerte silbido de los vientos que agitan tu alma. Que mi Corazón sea tu refugio, hijita. Que en Mi Corazón halles la calma y la serenidad que el mundo o las circunstancias no pueden darte. Te ofrezco mi Inmaculado Corazón como perfecto refugio, donde hallaras abrigo y alimento… desde donde podrás ver los caminos que tu alma necesita. Te ofrezco mi Corazón, hija, hasta que pase el temporal. Aunque afuera arrecie el viento, si te refugias en Mi Corazón podrás soportarlo. Quédate en él, mi querida hija, quédate en él todo el tiempo. Tu alma escuchará, entonces, como en Cana de Galilea:” Haz todo lo que Él te diga”. Al final de tu camino, si permaneces en mi Corazón, hallarás esa puertecita por la que entrar al más preciado vergel, al paraíso desde el cual todo desierto te resultará lejano…. Hallarás, desde Mi Corazón, el Corazón de Cristo…
 En el silencioso amanecer de este domingo, siento una serena alegría… el sencillo gozo que siente el alma que se encuentra contigo.  Con una paz profunda, una paz que parecía tan lejana, te susurro:
-          Gracias, Mamita, gracias… por no dejarme sola en ningún desierto, en ningún tiempo, en ningún dolor, gracias…
  Y vuelvo a repetirte la jaculatoria de mi Instituto:
  “Madre, en Tu Corazón, nuestros corazones, todo lo que estamos haciendo y nos pasa”


   Hermana mía, hermano mío que quizás, estás caminando, como yo, por el desierto… no olvides que, aunque arrecie la tempestad, siempre tienes a mano el más seguro de los refugios: El Corazón de Tu Madre.

María Susana Ratero
NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón  por el amor que siento por Ella.”


  

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