lunes, 7 de septiembre de 2020

Maestra

(va esta poesía en homenaje a todos los docentes, ya que en pocos días, en Argentina, es el día del maestro)

Maestra,
canto de alondras y cuentos de hadas,
perfume de jazmines al nacer la mañana,
flor de eternos pétalos,
en los jardines de la infancia.

Maestra, 
ángel custodio de tantas
ilusiones nuevas,
inmensidad de pájaros azules
despertando la primavera.

Maestra,
veo tu corazón brotado
de tiernos pimpollos, en marzo,
dulces retoños que acariciarás
un año, sólo un año...

Porque noviembre se te abalanza
y te sorprende inundada
en mariposas blancas...
los ves irse, pasar de grado,
más, no se irán de tu alma...

Porque Dios te ha dado, maestra,
un corazón de campanas, 
y de risas, y de besos,
que puede guardar entre magia,
mil pimpollos florecidos,
mil brotecitos de infancia
y eso hace que los ángeles
se enamoren de tu alma...


María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com

viernes, 14 de agosto de 2020

María y una habitacion cerrada

   Estamos en  Cuaresma. Para sacar de ella los mejores frutos he de recorrer un camino difícil, quizás el más difícil… y el más postergado. Un camino hacia mi corazón. Para conocerlo, para quitar de él todo el peso inútil e innecesario que le ha dejado el pecado. El peso del rencor, de la envidia, de la soberbia y tantos otros lastres que hacen lento y cansado su caminar.
   Y el comienzo de ese recorrido me lo muestra tu Hijo, Madre querida, en la lectura del Evangelio.
   Pero como este corazón ve a medias, María, necesito me enseñes a descubrir esa puerta que conduce al camino que el Maestro me señala…
   Y te llegas a mi alma y te pones junto a mí en la fila que estoy haciendo por un trámite de la oficina.
   - Dime, hija -me susurras al alma para que este encuentro sea tan solo nuestro, aun en medio de tanta gente.
   - Explícame Señora como puedo poner en práctica las palabras del Maestro: “Tu en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará”
   - ¿Qué es lo que no entiendes de esta propuesta, hija mía?
   - Pues, Madre, no sé si es que no la entiendo o  me da pena que, para mí, sea tan difícil ponerla en práctica.
   - ¿Y porque la consideras difícil de practicar? Yo la veo tan simple…
   - Madre, es que…- y ante tu gran paciencia para conmigo las palabras se me tornan esquivas- es que… para poder “irme a mi habitación y orar en secreto” necesito algo que, por estos días, me resulta muy escaso… necesito tiempo
   Y sonríes… sonríes y me abrazas, como sólo puedes abrazarme tú, con ese abrazo que descansa el alma, con ese abrazo que hace ver chiquitas las penas…
   - Te preocupas por tu falta de tiempo, cuando deberías preocuparte por tu falta de fe…
   -Discúlpame Madre, pero ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
   - Todo, hija, tiene todo que ver...
   -  ¿Mi falta de tiempo y mi poca fe tienen algo en común? Explícame, Madre, que mi corazón no entiende…
   - Tu falta de fe es lo que “agiganta” en tu corazón tu falta de tiempo…
   Como te miro sin comprender, pasas directo a la “parte práctica” de la explicación…
   - A ver, hija, ¿Cuánto tiempo falta para que puedas completar el trámite que te tiene esperando en esta fila?
   - Pues, unos treinta minutos.
   -¡Buenísimo! Treinta minutos te alcanzan para ir a tu habitación y orar en lo secreto.
   - Madre- comienzo a asombrarme con tu propuesta- ¿Cómo he de irme a mi casa ahora? No hay “habitaciones” aquí, esto es una oficina… No es que dude de tu propuesta, Madrecita, es que no la entiendo.
   -Hijita, “ir” a tu habitación y orar al Padre en lo secreto es mucho mas fácil de lo que crees. Aquí mismo, sin moverte, te es posible hacerlo.
   - Ay Madre- suspiro agradecida- dime pronto como se hace, pues mi corazón ansia un momento de oración ¿Cuál es la puerta de esa habitación? ¿Dónde la hallo?
   - Busca, hija, que el que busca encuentra…
   Sin saber, exactamente, que es lo que me pides que busque, meto la mano en mi bolso. Parece de locos, pero la alegría con que late mi corazón, me lleva a buscar.
   De pronto, mis dedos se enredan entre las cuentas de mi rosario. Me quedo inmóvil y asombrada. Lo saco lentamente y lo sostengo entre mis manos, mientras susurras…
   - Ahí la tienes, hija, ahí tienes a tu “habitación cerrada”. Míralo con tu corazón y hallaras la puerta.
   Pero no es tan fácil para mí el comprender.
   - Alcánzame Madre toda la fe que me falta para poder ver, en un simple cordón de cuentas, la profunda enseñanza de tu Hijo. Déjame entrar en Tu Corazón, para descubrir este hermoso secreto del Santo Rosario.
   Y mira mi alma, desde tu Corazón, el rosario que sostengo entre las manos. Y voy “entrando en él”, como caminando hacia su interior. Veo sus cuentas un poco gastadas. Cuentas que guardan secretos y lágrimas, súplicas y agradecimientos. Poco a poco ya no percibo el rumor de las conversaciones de las personas que me rodean. Comienzo a rezarlo, meditando en tu Corazón cada misterio. Lo rezo con el alma, mientras mis labios permanecen quietos para que nadie note que voy “caminando” ese camino de cuentas que me tiendes desde tu Corazón.
   El tiempo se fue rápido. Casi me toca el turno en la fila. El asombro se me escapa del alma a través de unas lágrimas que disimulo como puedo.
   Asombro, sí, Madre, asombro que siempre me dejas en el alma…
   -  Hija querida, me alegro que hayas abierto tu corazón para que así comprendas como, pidiendo más fe, puedes superar la “falta de tiempo” de la que te quejas. No era, como creías, “falta de tiempo”… no es el “tiempo” del reloj el que te quita el rezo del Rosario, ese momento privilegiado de oración, sino ese “reloj del alma” que se queda quieto mirando las cosas de fuera sin hacerse la necesaria pausa para alimentarse…
   Te vas mezclando entre la gente más no te vas de mi lado. Ahora sé que hay una “habitación cerrada”, tan pequeña y tan grande a la vez,  que puedo llevarla en mi bolsillo, pero sobre todo en mi corazón…
   Entrar en ella y cerrar la puerta es tratar de hacer ese silencio del alma, ese silencio tan necesario y útil para la meditación. Entrar a esta pequeña habitación es entrar a tu Corazón, Madre, para recorrer de tu mano, los camino de tu Hijo. Las “paredes” de esa habitación ya me conocen, saben de mis penas y alegrías, mis súplicas, mis angustias, mis esperas…
   Ahora comprendo porque me resulta tan difícil tomar un rosario ajeno para rezar. Siento que invado el espacio de mi hermano, que entro en un “lugar” que es de él… Claro, Madre, si estoy  entrando en “su habitación”…
   Gracias Madre Santísima por explicarme tan claro y fácil esta parte del Evangelio que hoy no comprendía…
   Gracias por enseñarme a suplicar mas fe que tiempo pues, con mi fe más fortalecida puedo multiplicar mi tiempo… con una fe más grade, el tiempo ya no es barrera… con una fe enraizada en tu Corazón puedo acercarme a la oración durante todo el día sin descuidar mis obligaciones ni mi descanso….
   Mira, Madre, que hermoso, aun me quedó tiempo en la fila para escribir este relato…

Maria Susana Ratero
susanaratero@gmail.com

NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón  por el amor que siento por Ella.”

  




María y la fe de una mama

   Hoy te encuentro, mujer cananea, en un pasaje del Evangelio… (San Marcos 7, 24-30) Y me quedo pensando en ti… en tu dolor de madre, en tu búsqueda de caminos para tu hija…
   Pasan las horas y siento que sigues estando allí, en mi corazón, tratando de hacerme entender, tratando de explicarme algo…. Pero no te entiendo…
   Y como mi corazón sabe que cuando no entiende debe buscar a su Maestra del alma, entonces te busco Madre querida… te busco entre las letras de ese pasaje bíblico que leo y releo una y otra vez….
   De pronto mi alma comienza a sentir tu perfume y me voy acercando al lugar de los hechos…
   Allí te encuentro, Madrecita, mezclada entre la gente que hablaba de Jesús…me haces señas de que tome tu mano. ¡Que alivio para el alma tomar tu Mano, Señora Mía!!!   ¡¡¡Como se abren caminos santos cuando nos dejamos llevar por ti!!!
   Así, aferrada a ti, te sigo hasta muy cerquita de una mujer de triste mirada… Esa mirada que tiene una mama cuando un hijo no esta bien, sea cual sea el problema. Es la cananea.  Pasa por aquí, quizás va a buscar agua o comida… Ve la gente que habla y se acerca. Su dolor le pesa en el alma.
   - Presta atención, hija- me susurras dulcemente, Madrecita…
   Alguien habla de Jesús, de sus palabras, de sus enseñanzas, de sus milagros… Los ojos de la cananea parecen llenarse de luz…
   No alcanzo a divisar a quien habla, ni a escuchar lo que dice, pero, en cambio, puedo ver el rostro de la cananea…
   - Mira cómo cambia la mirada  de ella, Madre- te digo como buscando tu respuesta
   - ¿Sabes que es ese brillo que va creciendo en sus ojos? Es la luz de la esperanza. Una esperanza profunda y una fe incipiente que, como lluvia serena en tierra árida, va haciendo florecer su alma. Dime, que piensas de esto.
   - Pues… que me alegro por ella…
   - Esta bien hija, que te alegres por ella, pero si te explico esto, es también para que comprendas algo. Te alegras por esa mama, pero nada me has dicho de quien estaba hablando de Jesús…
   - No te entiendo, Madre
   - Hija ¿Cómo iba a conocer a mi Hijo esa sencilla mujer si esa persona  no hubiese hablado de Él? Lee con atención nuevamente el pasaje del Evangelio. , “habiendo oído hablar de Él, vino a postrarse a sus pies…” habiendo oído, hija mía, habiendo oído…
   Te quedas en silencio, Madre, y abres un espacio para que pueda volver, con mi corazón, a muchos momentos en los que mi hermano tenía necesidad de escuchar acerca de tu Hijo, acerca de ti… y yo les devolví silencio…porque estaba apurada, porque tenía cosas que hacer…
   Trato de imaginar, por un momento, como fue aquel “habiendo oído”… Cuáles fueron los gestos y el tono de voz de quien habló, cuáles fueron sus palabras y la fuerza profunda de su propia convicción... Cómo la fe que inundaba su corazón se desbordó hacia otros corazones, llegando hasta uno tan sediento como el de la cananea… ¡Bendito sea quien haya estado hablando de tal manera! los Evangelios no recogen su nombre pero sí recogen su fruto, el fruto de una siembra que alcanzó el milagro… ¡Dame, Madre, una fe que desborde mi alma y así, llegue al corazón de mi hermano!
   De pronto, veo que la cananea va corriendo a la casa donde Jesús quería permanecer oculto… Tu mirada, Madre, y la de ella se encuentran. Es un dialogo profundo, de Mama a mama…
   Entonces, con esa fuerza y ese amor que siente el corazón de una madre, la mujer cananea suplica por su hija. Jesús le pone un obstáculo, pero este no es suficiente para derribar su fe….
   Ella implora desde y hasta el fondo de su alma… Todo su ser es una súplica, pero una súplica llena de confianza…
   Entonces, Maria, entonces mi corazón ve el milagro, un milagro que antes no había notado… un milagro que sucede un instante antes de que Jesús pronuncie las esperadas palabras…
   El milagro de la fe de una mama….
   Aprieto tu mano, Maria Santísima y te digo vacilante:
   - Madre… estoy viendo algo que antes no había visto…
   - ¿Qué ves ahora, hija?
   - Pues… que Jesús no le dice a esa mujer que cura a su hija por lo que su hija es, por lo que ha hecho, por los méritos que ha alcanzado, ni nada de eso…. Jesús hace el milagro por la fe de la madre…
   - Así es, hija, es la fe de la madre la que ha llegado al Corazón de Jesús y ha alcanzado el milagro…la fe de la madre…Debes aprender a orar como ella…
   - Enséñame, Madre, enséñame
   - La oración de la cananea tiene dos partes. La súplica inicial, la súplica que nace por el dolor de su hija, ese pedido de auxilio que nace en su corazón doliente. Pero su oración no termina allí. Jesús le pone una especie de pared delante….
   - Así es Madre, si yo hubiese estado en su lugar quizás esa pared hubiera detenido el camino de mi oración…
   - No si hubieses venido caminando conmigo. Pero sigamos.  Jesús le pone una pared que ella ve y acepta… y así, postrada a los pies del Maestro su fe da un salto tal que le hace decir a Jesús "¡Anda! Por lo que has dicho, el demonio ha salido de tu hija". Ese salto de su fe es esa oración que persevera confiada a pesar de que las apariencias exteriores la muestren como “inútil” “para que insistir”… por tanto, hija, te digo que no condiciones tu oración a actitudes de otras personas…
   -¿Cómo es esto Madre?
   - Cuando hagas oración por alguien, no esperes que esa persona ponga de si “algo” para alcanzar el milagro. Tú continúa con tu oración, que los milagros se alcanzan por la fe de quien los pide más que por los méritos del destinatario. Suplica para ti esa fe, una fe que salta paredes, una fe que no se deja vencer por las dificultades, una fe como la de la cananea…
   Y vienen a mis recuerdos otras personas que han vivido lo mismo… desde Jairo (Mt 9,18 Mc 5,36 Lc 8,50)) o ese pobre hombre que pedía por su hijo (Mt 17,15 Mc 9,24) hasta Santa Mónica, suplicando tanto por su Agustín….y alcanzando milagros insospechados, pues ella solo pedía su conversión y terminó su hijo siendo no solo santo sino Doctor de la Iglesia…
   Las oraciones de una mama…
   La fe de una mama…
   Te abrazo en silencio, Madre… y te suplico abraces a todas las mamas del mundo y les alcances la gracia de una fe como la de la cananea, esa fe que salta paredes y se torna en milagro…

María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com

NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón  por el amor que siento por Ella.”

viernes, 29 de mayo de 2020

Las huellas de María



(Escribí estos versos al ver la huella en la pared que ha dejado la imagen de la Virgen de Luján, en mi parroquia, al retirarla para su fiesta)

 
En mi alma ha dejado,
María, su huella
y, aunque no la vea a Ella,
yo sé que ha estado.

Si miro hacia atrás,
el camino andado,
en cada llanto y gozo
nunca me ha dejado.

Fueron tantas las veces
que no podría contarlas
que el alma, casi en grito,
no cesaba de llamarla.

Y la tormenta arreciaba
y nada se veía
y el alma sólo atinaba
al Avemaría.

Y por cada pena vivida
me ha regalado un consuelo,
un pedacito de cielo
que ha iluminado mis días.

Y llegaré al Juicio
que el Señor me prepara
con el alma marcada
por quien tanto me quiso.

 Y sentiré su abrazo
que esperé toda mi vida,
y tornará mis lágrimas
en perfecta alegría.

Y florecerán las marcas,
con que marcó mi vida
y veré la respuesta
a cada Avemaría.

María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com

domingo, 24 de mayo de 2020

Homenaje a Jorge Ribera

Jorge es un joven español 
que murió de leucemia, 
luego de varios años 
de enfermedad. 
Yo recé por él 
sólo el último año de su vida, 
sin conocerle.
Las palabras entre comillas, 
en la poesía, son suyas.

 No conocí tu sonrisa
ni escuché tu voz
y tu no sabías
ni quién era yo.

 Mi corazón cruzaba
ese mar distante,
para llegar a tu lecho
y en tu dolor, inclinarse.

 Dejaste huella en mi alma,
sin sospecharlo siquiera,
fue tu dolor, enseñanza,
tu paciencia, escuela.

 Una paz heroica,
en tu dolor cansado,
crecía en cada abrazo,
con Jesús Sacramentado.

 Te empecé a conocer
después de tu partida,
Estad siempre alegres”
el lejano mar repetía.

 Y el viento me trajo
tu consejo mejor:
“Nunca dejes
de tratar al Señor”

 Te fuiste de esta tierra
en majestuoso vuelo,
Jorge Ribera
“¡nos vemos en el Cielo!"


Desde Argentina, respetuosamente,
María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com


viernes, 27 de septiembre de 2019

Oración a María de la Santa Lactancia


  María, madre mía,
tu sabes cuánta falta
me hace hoy tu compañía...

Para ir de tu mano
a visitar a Isabel
y aprender, a tu lado,
de lactancia y de bebés...

Para que me des la fuerza
que te sostuvo en Belén
amamantando solita
y con tanto que aprender...

Quédate conmigo, Madre,
que el bebé empieza a llorar,
llena de leche mis pechos
y enséñale a él a mamar...

Que no me falte, María
una Isabel para hablar
y que algún día yo sea
Isabel de otra mamá.

                                                         Autora:María Susana Ratero
                                                             susanaratero@gmail.com
(este poema se halla en mi segundo libro
"Palabras... bajo el manto de María"
publicado en febrero de 2011)


sábado, 29 de diciembre de 2018

Danza, devoción y camino


(Poesía en homenaje a los "chinos danzantes" de la Virgen de Andacollo)

Barreal tiene un secreto
que me acaba de asombrar,
¡oh Virgen de Andacollo!
¿Me lo puedes explicar?

¿Ves, hija, a esos "chinos" (1)
que me vienen a saludar?
Sin temores ni reparos
se acercan hasta el altar.

Con sus ropas me muestran
que me vienen a honrar,
todos iguales y distintos
como un hijo con su mamá.

Al escuchar que me dicen
que me han de acompañar
que serán mis custodios
hasta que vuelva al altar,
salta de gozo mi alma
y hasta me hacen olvidar
cuántas veces cada día
yo camino en soledad.

Su música sencilla
quizás el mundo no entienda
más, te aseguro, hija mía
que son notas eternas.

Voy saliendo en procesión
los "chinos" danzan para mí,
no hay alfombra mejor
que poderlos oír.

La fatiga los hostiga
para que dejen de bailar
y el diablo está furioso
pues no los puede parar.

Cuando los veo cansados
y aún bailan igual,
beso el alma de cada uno
y mi Hijo les da Su Paz.

Ya es tiempo de regreso
ya me escoltan al altar
y, en delicada ceremonia,
me empiezan a saludar.

Pero aún falta una joya
que engarce este collar
de danza amor y respeto
que me quieren regalar.

¿Viste tú a mis hijos
de rodillas entrar?
¡Hija si hubieses visto
a los ángeles cantar!

Muy pocos los veían
de rodillas avanzar
y los ángeles me traían
lo que venían a buscar.

¡Cómo no oírlos hija!
Si me hicieron recordar
los pastores que los ángeles
me trajeron en Navidad

Ya se despiden, hija,
ya se van...
con mi mano les saludo,
pero hay algo más...

Sin que ellos lo noten
los iré a acompañar,
cada día de sus vidas
hasta que vuelvan a bailar.

Aprende, hija, aprende
lo que te quiero enseñar
aprende de lo que has visto
para tu santidad.

Ellos se engalanaron
para venirme a acompañar
¿Cómo engalanas tu alma
cuando vas a comulgar?

Ellos danzan entre la gente
sin importar nada más,
nadie se interpone
entre mi amor y su danzar.

Ay hija! Si te he visto
en tu diario caminar
enredada en mil excusas
para venirme a visitar.

Dame la gracia, María
de seguirte en mi andar,
danzando danzas eternas
camino a la eternidad.

Autora:  MaríaSusana Ratero
susanaratero@gmail.com
(1) Los "chinos" danzantes son las personas que interpretan una antigua danza chilena en honor a la Santísima Virgen.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Esperando en el Sagrario

Por qué lloras, alma mía,
pequeños sueños de barro,
si tienes sueños eternos
esperando en el Sagrario.

Por qué sufres, alma mía,
por tus pies cansados,
si hay alivios eternos
esperando en el Sagrario.

Por qué buscas, alma mía,
destinos tan desolados,
si la eternidad está
esperando en el Sagrario

Por qué ansías, alma mía,
calmar tu sed en un charco,
si hay manantiales de agua viva
esperando en el Sagrario.

Pide la gracia, alma mía,
de amar siempre al Amado,
que por tu amor se ha quedado
esperando en el Sagrario.

Y llegarás hasta el Cielo
aun con tus pies de barro,
pues tus alas están
esperando en el Sagrario.

Autora: María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com

domingo, 18 de marzo de 2018

Con María, en la decimosexta estación de la Pasión

Asistir a Misa es, para mi corazón, como asomarme un ratito al Cielo…   Todo lo terrenal y temporal se queda a la espera en la puerta del Templo…    Nada es más importante, nada puede serlo….
   Esto no significa que se sumerja mi corazón en una amnesia estéril y egoísta. Llevo al altar “los gozos y las fatigas de cada día”, pongo, en la colecta, no sólo la limosna, sino también todo lo que soy, lo que tengo y a todos los que amo… Aquellos que se han encomendado a mis oraciones, están en mi súplicas y no ceso de pedir, para mí y para tantos, “las gracias que necesitamos y las virtudes que nos faltan”  al decir de la Beata Madre Tránsito Cabanillas…
   Ese dejar afuera lo terrenal, es pedir la gracia de concentrar toda mi atención en cada instante de la Santa Misa. No distraerme con detalles externos, ni conversar con la señora que se sienta junto a mí en el banco, como si estuviera esperando que inicie la película en el cine.
    Jesús está allí, en el Sagrario, todo lo demás puede esperar, todo lo demás debe esperar…
   No siempre tengo la gracia de tal disposición de ánimo. Pero más que tenerla, lo importante es desearla. Porque las gracias se dan a quien las pide. 
  Y hoy te pido esa gracia, María Santísima…mientras contemplo el Sagrario, que está en un mar de silencio. Jesús es silencio bajo la apariencia de pan. Es el mismo Jesús que acunabas en Belén… el mismo…. el mismo. El mismo cuya Pasión meditaremos esta noche en la Parroquia, recorriendo, con el corazón, las catorce estaciones del Via Crucis…
  Catorce estaciones. Y una decimoquinta a la que llegaremos el Domingo de Pascua.
  Y mientras estas palabras van naciendo en mi corazón, me quedo mirando fijamente el Sagrario, que es promesa de amor cumplida: “Estaré con ustedes, todos los días, hasta el último día”
   - Piensa, hija mía, medita serenamente cuánto dolor le cuesta a Jesus el cumplimiento de esta promesa. Pero aun desde el dolor, Él no se retracta.- y tu voz conocida, María, me pone un espejo frente al alma… para que me vea.
   - ¿Dolor, Madrecita? ¿Qué le duele a Jesus en el Sagrario?
   Me miras con ternura, aunque tus ojos están tristes por lo que vas a responderme…
   - El dolor de Jesús Sacramentado es…. tu olvido.
   Mi alma se sumerge en un silencio tan profundo como ese mar de silencio del Sagrario. Y no tengo respuestas. Ni una sola… no hay palabras, ni motivos, ni siquiera excusas mal armadas que me sirvan frente a ti, Madrecita, después de tus palabras… Mi olvido. Mi olvido que no es sólo una carencia de visitas. Mi olvido que es indiferencia cuando entro al Templo y, en lugar de un discreto saludo a quienes conozco, me explayo en palabras que sobran…
   Te miro, sin poderte explicar lo inexplicable.
   Y pienso que quizás al Via Crucis le falta agregar la decimosexta estación: La soledad de Jesús Sacramentado. Y  cuánto duele saber que esta estación nace de tantos olvidos que le hago llegar cada día, puntualmente…
   - Esta estación, hija mía, la vives en cada uno de tus días. No es meditar  hechos antiguos, sino una suma de distancias que tu corazón va trazando… tramo a tramo…día tras día. Pero lo maravilloso de la Misericordia de Dios, es que este tramo puedes desandarlo, cortarlo, hacerlo pequeño y finalmente, si pides la gracia, borrarlo…
   - Eso sí que sería bueno, Madrecita!!! Enséñame el modo en que pueda aprender a restar distancias, acortar caminos, aliviar su soledad, para que esta “decimosexta estación” no sea de dolor, sino de gozo para mi Señor…
   - No le olvides, hija, no le olvides. Que El sea el centro de tu amor y de tus pensamientos cuando entres al Templo. No permitas que ninguna mundana preocupación te arrebate este gozo perfecto de tu alma. Este tiempo es para adorarle, para amarle, para darle gracias y también para presentarle tu corazón con todas tus peticiones. Aún cuando pases por la vereda del Templo, apurada en tus quehaceres, dedícale una mirada, un gesto… ¡Hija mía, no pases como si nada!!! Como quien pasa ante un lugar común e indiferente. Ese pequeño gesto que tu amor le regala a Jesús Sacramentado, aún desde la distancia, no es en vano, sino que es, para Él, alegría y consuelo.. Y Jesús paga generosamente cada gesto de amor, con gracias para tu alma…Y si por alguna razón no pudieses cada día visitarle, sí puedes tomarte un momento de tu día y acercarte con tu corazón. Aun cuando la enfermedad te retenga en tu lecho, sabe que ninguna enfermedad puede retener tu alma, hija mía y tu alma tiene las alas que le da tu voluntad para postrarse ante cualquier Sagrario de este mundo…
     De a poco voy notando que el mar de silencio del Sagrario, tiene perfumes de eternidad, delicados aromas que, como perfecto bálsamo, van restaurando las heridas del alma…
    Si no me suelto de tu mano, María, es decir, si no se aleja de mis labios ni de mi corazón el Avemaría, sé que las alas de mi alma se desplegarán cada día hacia el Sagrario, desandando distancias, aliviando soledades, la de Jesús y, sobre todo, la mía…..
    Y como eco final de este momento, resuenan en mi alma algunas palabras de los Santos, acerca de la Eucaristía:
   “Tened por cierto que el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado, que en todos los demás ejercicios espirituales del día” (San Alfonso María de Ligorio)
   “Qué feliz es ese Ángel de la Guarda que acompaña al alma cuando va a Misa” (San Juan María Vianney)
 María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com
Nota de la autora: Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón por el amor que siento por Ella.




viernes, 26 de enero de 2018

María Santísima, el Beato Cura Brochero y unas cumbres muy altas…

 (Este relato lo escribí mucho antes del anuncio de la Canonización del Cura Brochero)


   Por gracia de Dios estoy transitando el camino de las Altas Cumbres, en Córdoba, Argentina, rumbo al lugar donde ejerció su ministerio el Beato José Gabriel del Rosario  Brochero… el “cura Brochero” para los lugareños…
   Voy en auto, y los kilómetros pasan rápido. Mi alma, extasiada ante la belleza del paisaje, quiere irse a los días en que el viejo cura recorría estas montañas, metro a metro, a lomo de mula, sólo por un alma…
   De pronto se divisan, en un camino angosto que serpentea los cerros, un par de vaqueanos del lugar, a caballo.
   Y te pido me asistas, querida Madre para sacar fruto espiritual de este viaje, para no quedarme ni en el relato histórico ni en la letanía de pedidos, suplicando la intercesión del Beato, de la cual no dudo, pero sé que hay más, mucho más.
   - Piensa, hija- y te vienes a mi alma, como eco seguro de mis Avemarías- Tan altas y escarpadas cumbres, tan agrestes paisajes, tan inaccesibles parajes… todo fue traspasado, arrasado, inundado y vencido por un sólo hombre.
   - Un solo hombre- repito y miro los vaqueanos avanzar a paso lento, mientras a la tecnología del auto se le hace incomprensible el lento tranco de una mula.
   - Sí, un solo hombre, que no es lo mismo que un hombre solo- me recalcas, para que entienda la diferencia, mientras vienen al alma las imágenes conocidas del Beato Cura, subiendo las cuestas con la cruz en alto en su mano derecha y el rosario en la otra- Un sólo hombre pero armado como un ejército… un hombre cuyo medio de transporte era una mula. Aprende, hija, aprende….
   - Madre… perdóname, pero no veo aquí la enseñanza que quieres darme, porque es seguro que tú ves infinitamente más claro que yo.
   - Lleva esta escena a tu propia vida- me propones…. Y te quedas en silencio, esperando…. Esperándome...
   El tiempo ha pasado, he llegado a mi destino. He descansado y estoy en Misa. Acabo de recibir la Eucaristía en la Iglesia Nuestra Señora del Tránsito, de Villa Cura Brochero.
   Me arrodillo a disfrutar en el alma este momento. Justo frente a mí hay una estatua del cura serrano…    Cierro los ojos en oración y me sigues repitiendo, María: "aprende, hija, aprende"…
   De rodillas y con los ojos cerrados, me llevas, María, a ese paisaje agreste y desolado y, frente a un pequeño hilo de agua, veo que avanza el viejo cura, sobre su mula…
   Y mi alma se asombra, pero tú buscas que yo aprenda, no que me quede en el asombro.
   De pronto, el viejo cura toma las riendas de su animal y gira hacia mí… avanza, y su rostro se va haciendo cada vez más nítido.
   - ¿Qué es esto, María? ¿Qué me quiere decir el cura Brochero?
   - Pregúntale, hija, pregúntale a quien dedicó toda su vida a la predicación evangélica, al celo por la salvación de las almas.
   El viejo cura queda cerca de mí y me invita a subirme a su mula, mientras me dice:
  - Ha llegado el tiempo en que debes enfrentarte a una muralla en tu alma. Altas barreras que debes pasar en tu camino a la santidad. Veo que te parecen imposibles de cruzar con sólo verlas. No dejes que te asuste ni su altura ni lo escarpado de sus caminos. Ven conmigo, déjate guiar, yo las he cruzado. Yo las he vencido. He llevado a Jesús a través de ellas y las he atravesado tantas veces… ven hija, sube conmigo, es larga la travesía, difícil el camino, pero con María como estrella que nos guía, llegaremos… llegaremos… ven… sube…
   Y dentro de mi alma puedo ver cumbres más altas que éstas que rodean la parroquia. Cumbres que jamás pensé que iba a poder cruzar.
   Y la dulce voz de María resuena nuevamente en mi alma:
  - ¿Comprendes ahora, hija? Si te he traído a este lugar no es sólo para que veas a mi amado hijo, Jose Gabriel, como un personaje histórico, valiente y decidido, sí, pero lejano en tus días… No es para que vengas sólo a pedir su intercesión, lo cual es muy bueno, pero no suficiente para ayudarte a caminar en santidad. Te acerqué a mi hijo José Gabriel para que aprendas de él, de su perseverancia, de su fe, de su amor, de su entrega…. Para que aprendas que la oración será como tu mula, en las montañas del alma, para que, montada en ella, no te sea tan fatigoso el andar. Verás que, como al viejo cura, el sol de la fatiga muchas veces te resultara agotador y anhelarás la sombra… sombras que serán, en tu alma, los consuelos que te irá mandando el Señor para renovar tus fuerzas. Como a Brochero, el viento fuerte, frío e impiadoso se presentará ante ti desafiante y amenazador, pero aprenderás de él a buscar reparos, a llevar abrigos, a buscar un fuego donde calentarte… reparos y abrigos que hallarás en cada rosario. Él recorrió larguísimas distancias, sólo por un alma…
   Sigo de rodillas. Envuelta aún en los deliciosos perfumes de la Eucaristía. No quisiera que este momento acabase. Cuánta razón tienes, María. Y que simple y hermosa manera de enseñarme, dulce Maestra del alma.
   Las cumbres de mi alma siguen allí. Los vientos aún soplan, amenazantes y fríos. Pero algo ha cambiado. La profunda certeza de que no estoy sola. María me ha procurado un guía de lujo. Un guía sencillo y de palabras simples, que llegan a mi corazón, como suave brisa de esperanza.
   Las cumbres del alma, las escarpadas y las bellas, las difíciles y las inundadas de paz. A ambas me enseñará a llegar el Beato Brochero. Porque ambas son parte del camino a la santidad. Salgo de la Parroquia… llueve. Y mi alma no puede resistir a mirar ese cielo y esas gotas que bailan su antigua danza sobre la plaza frente a la Parroquia…
  - Es la misma lluvia, es el mismo cielo, son los mismos aires que respiró Brochero… La misma lluvia, el mismo cielo… no lo pudo alterar el tiempo- susurras María, a mi alma.
   Y siento que aún estás, viejo cura, para cuántos quieran seguir tu senda, para cuántos tengan, en su alma, más preguntas que respuestas.
   Vamos, viejo cura, hazme un lugar en tu mula. Vamos, llévame a través de esas cumbres tan altas, esas que duelen, pero también las otras, las que ansío. Será larga la travesía y sé que me tendrás muchísima paciencia.
  - ¿Traes tus cosas?- me pregunta Brochero. Busco en mi bolso. Suena la conocida música del tintinear de las cuentas del Rosario
   - Tengo esto- respondo, mostrándole mi pequeño tesoro-¿alcanza?
   - ¡Claro que sí!!!...en marcha…
   Y la pequeña mula nos va llevando, camino adentro del alma…
   Quizás la travesía dure toda mi vida, quizás mucho menos, no lo sé.
   María Santísima y el Beato cura Brochero tienen todo el tiempo para mí… Para vos… Para cada uno que quiera subirse a una simple mula serrana, con el Santo Rosario, como único e insustituible equipaje.
Autora María Susana Ratero
susanaratero@gmail.com
Nota de la autora: Este relato sobre María Santísima ha nacido en mi corazón por el amor que siento por Ella...


miércoles, 26 de julio de 2017

Carta a los abuelos de Jesús

Mis muy queridos Joaquín y Ana:
                                                     Mi nombre es… bueno, no importa… les escribo desde un banco de la parroquia en una inexplicable tarde cálida de julio (en Argentina, Julio es invierno).
                                                     Me avisó una amiga que el día 26 es su fiesta y, por ello, quise regalarles esta sencilla carta.
                                                     No hallo palabras para decirles "gracias". Gracias por haber sido tan dulces y ejemplares padres de mi amada María.
                                                     Usted, señora Ana, que habrá compartido con ella tantas tardes luego de intensas jornadas, ha sido una sencilla pero sabia maestra. Fueron sus manos (¿Las de quién, sino?) las que se unieron a las de Ella en un mar de harina, para enseñarle a amasar el pan. Fueron sus manos (¿Las de quién, sino?) las que apretaron fuerte las de Ella cuando el dolor, implacable, les invadía el alma. Fue su ejemplo (¿El de quién, sino?) el que ayudó a María a caminar los senderos de la contemplación simple, sencilla, la que está al alcance de cualquier mujer. Fue este santo ejercicio el que permitió a la Madre, años después, meditar en su corazón los misterios de la Salvación.
                                                     Fue usted, buena señora, la que son su ejemplo más que con sus palabras, le enseñó a María que ser mamá es la tarea más hermosa del mundo. Así, Ella, la veía a usted cuidar y ayudar a amigas y parientas cuando los embarazos venían difíciles en los caminos del alma. Y seguro en su casa los pequeñines siempre hallaron una rica sorpresa, increíblemente siempre lista, para sus sorpresivas y revoltosas incursiones.
                                                     Ustedes llevaron a la "llena de gracia" por las escalinatas del Templo tantas veces… Así, Ella fue conociendo que hace muchos años, un profeta llamado Isaías anunciaba que "…La Virgen está embarazada y da a luz un hijo…"y la profecía le inundaba el alma…
                                                     Usted, mi buen Joaquín, fue un hombre honesto y sencillo. ¿Quién, sino, habría sido digno de traer a este mundo a la "llena de gracia"? María le habrá contemplado, seguramente, tantos días al partir de la casa para "ganar el pan con el sudor de su frente". Y le habrá esperado de regreso y habrá corrido hacia usted con las mejillas sonrosadas y los ojos llenos de palomas blancas para abrazarle al regreso de la larga jornada. Y usted, la tomó en sus brazos y la alzó al cielo… tan ligera como una gacela, tan pura como una mañana.
                                                     "-Quisiera que el padre de mi hijo se le pareciera" le dijo un día Ella. Y usted casi no veía su rostro pues las lágrimas delataban que la jovencita le había besado el corazón.
                                                     "-Quisiera que mi hijo, un día, estuviese tan feliz de mí como yo lo estoy de usted, querida madre…" y sus palabras le hicieron sentir, Ana, que la vida es hermosa y los sacrificios y angustias de muchos años al criar los hijos, pueden desaparecer en un instante con frases como esa.
                                                     No quisiera terminar esta sencilla carta sin imaginar, por un momento, cuanto de ustedes llego al corazón de Jesús a través de María: Usted, mi buena Ana, seguro le alcanzó, desde más allá del tiempo, esa ternura por las pequeñas cosas de cada día, la cual, al llegarle desde el corazón de María, se transformaría luego en parábola, en camino…
                                                     Usted, don Joaquín, le dejó al mejor de los nietos la mejor de las herencias: El amor al trabajo. Así, a través de María y envuelto en las palabras y ejemplo del buen José, hallaría en Jesús el mejor de los depositarios.
                                                     Abuelos, abuelos, cuantas veces Jesús habrá dicho estas palabras… "-Extrañas a los abuelos ¿Verdad, Madre querida?"… "-A veces, Hijo, a veces… cuando la rutina desgasta y la soledad se torna compañera demasiado insistente. Cuando tú te vas a predicar lejos y yo te extraño, muchas veces siento que hubiera querido tener a mis padres cerca"… Y Jesús habrá mirado a María en silencio, sabiendo que había verdades que Ella comprendería más tarde, con la llegada del Espíritu Santo….
                                                     Para terminar les pido un favor. Abracen a todos los abuelos del mundo, en especial a los que se sienten solos. No importa si tienen nietos o no, pues hay una edad del alma en que la palabra "abuelo" se torna en caricia….
Desde Argentina
Un gran abrazo a los dos….

María Susana Ratero



Nota de la autora: Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón por el amor que siento por Ella.

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