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Anuncios dolorosos

   El bullicio que rodea la Navidad ha cesado, se han desarmado y guardado, prolijamente, coloridos arbolitos y pintorescos pesebres... esperando, quizás, que en la próxima Navidad “las cosas mejoren”, como si el mero paso del tiempo fuese garantía de mejoría...
   - La Noche Buena ¿Se fue así de rápido de tu corazón, María Santísima?
   - Jamás se fue, amiga mía, al contrario… quedaron grabados en mi alma todos los perfumes, los sonidos, cada respiración de mi pequeño, los húmedos ojos de José al tomarle en sus brazos, los destellos de luz que las estrellas me regalaban…
   - ¿Las estrellas, Señora?
   - Las había visto un rato antes de dar a luz… resplandecían, amiga, resplandecían. Esa noche, ese cielo, volvían a mi alma cada vez que el dolor, implacable, me recordaba que los caminos de la salvación tienen más espinas que rosas.
   - ¿Cuándo fue que la recordaste por primera vez? Digo, como aferrándote, como buscando respuestas.
   - Pues… al poco tiempo de nacer Jesús, precisamente a los cuarenta días, cuando debimos realizar la presentación en el Templo.
   - Cuéntame, Señora, cuéntame…
   - No, mejor acompáñame, el alma tiene ciertos secretos que las palabras aún no han aprendido a expresar.
   Y nos vamos juntas a Belén…
   El pequeño Jesús ha aumentado más de un Kg. de peso desde su nacimiento, se ve rozagante, hermoso, con tranquilo sueño y acompasada respiración…
   - ¡Benditos pechos que amamantaron la salvación del mundo! Pues no fue fácil para ti, María la lactancia del pequeño, ¿verdad?
   - Por cierto, mi madre estaba lejos y no tenía amigas que me aconsejasen, pero recordaba todas las recomendaciones que me había dado mi prima Isabel acerca de las cosas que debe saber una mamá en tales circunstancias…¿Sabes amiga? Muchas veces veo que las mamás tienen dificultades en este tema, ¡Me gustaría tanto poder ayudarlas! Decirles que me recuerden, que las comprendo, que pasé por lo mismo, que es posible una lactancia exitosa, que es hermosa la estrechísima relación que se crea con el hijo, mirándose ambos a los ojos con esa mirada que encierra todas las palabras del mundo…
   Te dejo acunando y alimentando a tu niño y me voy a acostar. Es tarde, al rato lo hacen tú y José luego de ordenar todas sus pertenencias, pues es tiempo de volver a Nazaret, a casa. Pero antes viajarán a Jerusalén para realizar la presentación de Jesús en el Templo y, al mismo tiempo, purificar a María, ya que han transcurridos los cuarenta días del nacimiento del hijo varón, según la ley de Moisés, “...Todo varón primogénito será consagrado al Señor”( Lc 2,23).
      Belén esta cerca de Jerusalén. Salimos antes de que amanezca, para llegar a destino pasado el mediodía. El trayecto es bastante tranquilo, los padres están felices por la ceremonia que van a protagonizar. Recuerdo el día del bautismo de mis hijos, sí, sé lo que siente tu corazón, Madre querida…
    Jerusalén se dibuja en el horizonte. Llegamos a la casa de unos parientes de José, donde la Sagrada Familia descansa un poco de tan arduo trayecto, y se visten con la indumentaria apropiada para presentarse en el Templo.
   Caminamos entre la gente. Ellos son unos más entre la multitud, nada los diferencia. María no hace ningún gesto que hiciese pensar a las gentes que cargaba en sus brazos al Mesías. ¡Qué obediencia de amor!¡Qué increíble silencio!... Subimos las escalinatas del Templo. Todo hace pensar que se tratará de una ceremonia más, de un recién nacido más…pues varios niños serán presentados este día. Simeón está allí. Ha salido del recinto. Tiene la mirada iluminada. Como si el viejo anuncio del Espíritu de que no moriría sin ver la salvación de Israel, acabara de hacerse. Bueno, en realidad, ese es uno de los detalles de ese tipo de anuncios, a quienes el tiempo no afecta ni en su frescura, ni en su nitidez, ni en la impresión que deja en el alma que lo recibe.

   José y María han subido el último de los escalones, cuando son vistos por el anciano.
   Se acerca lentamente a los padres, como quien emprende su último y más importante trayecto… sus ojos están llenos de lágrimas… la pareja entra al recinto, el hombre los sigue…¡Cuántas cosas pasan en este instante por su mente y por su corazón! ¡Tantos años de espera! El anciano había imaginado este momento de mil maneras. Ver llegar a los padres en fastuosos carruajes, o con custodias quizás, los imaginó vestidos con las más diversas indumentarias, había pensado que los reconocería por los signos exteriores que el mundo valora. Nada de eso ha ocurrido, el Mesías ha llegado ante él en brazos de una mamá-niña-virgen que le sostiene con seguridad. Una mamita de rostro sencillo y mirada de luz, una mamita de ropas humildes y manos como pimpollos de rosa… ¡Y el padre! No es ni un rey, ni un noble, ni un rico hombre, ni un profeta, ni nada que sobresaliese… es un simple trabajador, sus manos callosas certificaban que el Mesías sería alimentado con el sudor de su frente. Nada espectacular, nada ostentoso rodea a este pequeño por cuya visión él se mantenía con vida, sin embargo, hay algo que no podría él explicar. El sol brilla de una manera especial, un extraño perfume inunda el aire, es de esos días en los que uno siente que todo está perfecto y en su sitio, esos instantes que no deberían transcurrir. Sí, Simeón ya no tiene dudas, se acerca a la pareja, los saluda con reverencia y dice a María:
   - ¿Me permite usted cargar su niño un momento, Señora?
   - Pues… claro- y María no entiende por qué ese anciano le ha pedido a su pequeño… quizás, le recordase a sus hijos o a sus nietos…
   El anciano toma al pequeño, lo besa varias veces en la frente, lo mira como extasiado, mientras las lágrimas no cesan de brotar de los cansados ojos. Luego, con todas las fuerzas de su voz y con todo el amor que hay en su alma, levantando al niño con exquisito cuidado dice a toda la humanidad:
   - “Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo, Israel” (Lc 2,29-32).
   El hombre aprieta por última vez al niño contra su pecho y lo devuelve a su madre, quien, junto con su esposo, está admirada por lo que el anciano ha dicho.
   Simeón bendice al santo matrimonio, es la última bendición que hace en su vida y es hecha desde lo más profundo del alma. Y a la madre le dice:
   - “Este niño será causa de caída y elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos” (Lc 2,34-35).
   El anciano mira a María un momento a los ojos con infinita ternura, hace luego una reverencia y parte para siempre…
   José tiene los ojos enrojecidos, María, que guarda todas estas cosas en su corazón, le toma la mano fuerte, muy fuerte, pues son demasiados acontecimientos juntos…     Te miro, María, pues no entiendo la reacción de José… me dices, entonces, serenamente:
   - En este instante, tal como me lo explicaría él mismo después, mi esposo comprendió que no serían muchos los años en que estaría con nosotros, sobre todo, que en el momento de la realización de la misión de Jesús en este mundo, yo no lo tendría a mi lado, que grandes dolores debería soportar mi corazón y estaría sola. Para José, Simeón significó al anuncio de su propia y cercana muerte, pero, con la misma disposición de ánimo que aceptaba todas las cosas de su vida, aceptó este anuncio. Su dolor no era por él sino por nosotros, por dejarnos… ahora sé, con absoluta certeza, que nunca nos dejó,  que estuvo conmigo en cada alegría y en cada dolor, que fue su amor el que me sostuvo de pie al lado de la cruz… pero aún falta para eso, aún debe entrar Ana, la profetisa…
   Callo, María tiene razón, debo conocer los acontecimientos de a uno, para darle a todos su justa dimensión.
   Ana entra al Templo como cada día desde hacía más de sesenta años, conoce cada centímetro del lugar como la palma de su mano.
   José y María aún están esperando su turno para la presentación, hablando entre ellos de lo sucedido con Simeón...
   - Bendito sea este día y bendito seas Oh Señor, que te has dignado mostrarme la salvación del mundo…
   María gira la cabeza y se encuentra con una mujer anciana, encorvada por el paso de los años, pero con una mirada serena y dulce…
  - Mujer, que tienes en tus brazos a quien tanto hemos esperado, te agradezco en nombre de la humanidad doliente, tu entrega generosa…
   - Señora yo…
   - Calla, niña, como has callado hasta ahora, que tu silencio será, para la historia, camino de salvación, ejemplo de entrega generosa, luz en la oscuridad.
   - Pero, ¿Quién es usted?- interviene José, a quien las palabras de la mujer no hacen más que confirmar su partida antes de la misión del hijo adoptivo.
   - Mi nombre es Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser. Joven era yo cuando el Señor me dio un buen esposo, al que acompañé por siete años hasta que la muerte se nos interpuso. Desde entonces, y ya tengo ochenta y cuatro años, no he hecho más que servir a Dios día y noche, con ayunos y oraciones, sin apartarme del Templo. Hoy sentí que debía venir más temprano que de costumbre.  Apenas salí de mi casa vi a mi buen amigo Simeón que caminaba rumbo a las montañas. Me extrañó sobremanera. Al acercarme noté en él la mirada más serena, luminosa y radiante que jamás tuvo… me dijo que era ése su último viaje. Y se despidió con estas palabras ” ¿Sabes Ana?... El Señor jamás defrauda a los que en él depositan sus mejores sueños… Y yo siempre soñé ver con mis propios ojos la salvación del mundo… ha llegado Ana… por fin… ve a verlo”, y partió feliz… feliz…
   - ¿Cómo reconoció al Niño?- José es un estricto custodio del secreto.
   - ¿Conoces esa voz interior que proviene de lo alto y, al mismo tiempo, de las profundidades del alma?
   - Por cierto, la conozco- José siente que puede confiar en Ana
   - Pues la misma voz me acercó a ustedes…Ahora hablaré de este niño a todos los que esperan la redención de Jerusalén…

   Los papás participan de la ceremonia tal como lo ordena la ley. La cotidianeidad del Templo se vería alterada desde ahora por la ausencia de Simeón y los anuncios de Ana… anuncios que llegarían a oídos que los aceptarían, a oídos indiferentes y a oídos cargados de odio, como los oídos de Herodes… pero ésa es otra historia.

  A la mañana siguiente caminamos lentamente rumbo a Belén. María guarda todos los acontecimientos y los medita en su corazón. La identidad de Jesús había salido ya de la intimidad de sus padres, aunque por treinta y tres años su madre guardaría el secreto de su concepción. La palabra Mesías ha comenzado a pronunciarse con renovadas fuerzas en Jerusalén y en Belén ¿Qué hacer? ¿Cómo sigue esta historia ahora, Señora mía?
   - Pues, sencillamente, volvimos a casa y el niño crecía fuerte y sano, José trabajaba en su taller y teníamos lo suficiente para vivir. Muchas veces pensaba en los acontecimientos pasados, en cuales serían los tiempos de callar y los tiempos de hablar… pero una sola certeza guiaba mi corazón, la certeza de que Dios no nos dejaría tomar rumbos equivocados, que Él nos mostraría, de manera evidente, los caminos a seguir. La rutina contrastaba con la magnificencia de los anuncios del ángel y de Simeón, pero estaba allí con el propósito de ayudarme y enseñarme a modelar y dominar mi voluntad, ayudarme a darle el justo valor a las pequeñas cosas, para que comprendiese que la vida de un ser humano se construye desde las pequeñas cosas de la familia, como ladrillos que van formando una pared. Tu me habías preguntado cuando recordé la Noche buena por vez primera, y te he respondido desde el alma.... así como esa bendita noche ha sido para mí un faro en la oscuridad, debe serlo también para ti, amiga, guarda ordenadamente las luces del arbolito, pero deja que la luz de la nochebuena te ilumine el camino cada vez que sientas que la soledad te agobia o que los caminos se desdibujan y no sabes por donde se sigue... 
 
Volvimos a casa, a la realidad de mi vida, tu te fuiste a ayudar a las señoras de la parroquia que confeccionaban los adornos para celebrar la Fiesta de la Candelaria, yo volví a los míos habiendo aprendido algo mas de tu vida, algo mas de ti, Señora mía...
  
María Susana Ratero
susanaratero@yahoo.com.ar
NOTA:
"Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón  por el amor que siento por Ella"

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